Cuando eres espectador de una mente que se escapa: El Padre
De esta sala se salió respirando fuerte, procesando. Procesando todavía líneas de miedos que personajes que acabamos de presenciar gritan, pero que en la vida cotidiana a veces una ni se atreve a decir. O de miedos que ya vivimos o de esos miedos que hemos visto en otros.
La realidad es que me negué a leer información previo a presenciar la obra El Padre. Quería entrar en ella sin expectativas o estructuras de trabajos previos, y dejar que los actores me llevaran entera a su mundo. Un trabajo que no dudé un segundo se daría tal cual; este elenco no es de pararse en las tablas a medias: René Monclova, Isel Rodríguez, Felix Monclova, Camila Monclova, Ernesto Concepción y Eunice Jimenez, bajo la dirección de Israel Lugo. Un equipazo de primera que te lleva paso a paso en la historia de Andrés, el personaje principal, y su hija Ana.
Una hija que vive con la lenta disociación de un padre que se niega a vulnerabilizar, a aceptar sus debilidades, a reconocer las necesidades de la edad. Abrazado a su apartamento, que dejó de serlo. A una hija, que ya no está. Al marcar de las horas, que en sí dejaron de tener sentido. A sus días de juventud, que quedaron atrás. Este padre se aferra a la vida. Pero la inesperada realidad, que no llega clara hasta el final, es que estuvimos todos aferrados más a sus memorias, reales o no; las vivimos con él, las cuestionamos con él… En el transcurso de la historia el tiempo dejó de ser lineal y, con eso, las emociones dejaron de serlo.
Andrés, un hombre ya en su mayoría de edad, te entra en su confusión y por un momento vives un poco de lo que pasa por su mente; te sientas en su frustración como pasajero que no tiene claro el destino, mientras vas cuestionando tu propio entender de lo que está pasando. Esto sin dejar de ver el punto de vista tan melancólico y, en la mayoría de la obra, desamparado de su hija, Ana.
Una obra puertorriqueñizada que toca la pérdida de la mente y de lo que una vez fue, la migración al frío, el dolor de desvanecer poco a poco (y verlo en otro), el tiempo, el romper lazos (y el romperse tratando de cuidarlos), la vulnerabilidad de la vejez y la pureza casi de niño a la que se regresa, lo difícil de elegir y esas “decisiones correctas” que realmente nunca sabemos si lo son.
Como público, desde una de esas sillas en medio de la Sala René Marqués en el Centro de Bellas Artes de Santurce, es inevitable pensar en padres propios que van avanzando en edad, sentir el “¿y me vas a dejar aquí solo?” de Andrés ante la imparable mudanza de su única hija, su único sustento que entre sarcasmo, peleas y chistes, aguantó lo que pudo sola. Como público, desde una de esas mismas sillas, es inevitable aguantar el suspiro cuando los personajes se derrotan frente a ti. Cuando notas que una mente se escapa y solo puedes observar, sin intervención.
Cada reacción se escuchaba al unísono, casi en cue. En algunos momentos, las risas. En otros momentos, silencios marcados con tensión. En algunos otros momentos, ese ruido leve y casi escondido, esa respiración cortada por la nariz de quienes soltaron lágrimas desde sus asientos (o las aguantaron). Cada emoción es sentida de manera colectiva, permitiendo que cada personaje (y actor) nos arrastre consigo.
Diría que El Padre es una obra de dos miradas, como una de estas películas que debes repetir, no porque no entendiste, sino porque tienes que regresar a recopilar detalles y conectar puntos que pudiste haber pasado por alto. Porque ese “¡ah!” del final no es suficiente. Dan ganas de volver solo para descubrir en qué momento empezó a desdibujarse todo. Tienes que regresar por ese momento exacto, la línea exacta, la transición exacta; y vivir todas las emociones nuevamente.